EL RAYO DE TUS OJOS.  Angela Aidini

El primer beso no se da con la boca, sino con la mirada. Tristan Bernard.

 

Llegaba temprano al mercado. Quería ver sin ser vista, conocer sin ser conocida y reconocer sin ser reconocida.

El día apenas despuntaba. El cielo estaba lleno de matices de colores. La luz del amanecer rojiza-anaranjada-verdosa sintonizaba con mis sentimientos melancólicos y ensoñadores.

Típico puesto de mercado indio.

UNO

Caminaba por la silenciosa calle, modulando mi respiración para contener mi ansiedad, ante mi primer día de trabajo, mi nuevo reto, mi nueva vida.

Estaba nerviosa. Apenas conocía la lengua local, era nueva en el lugar y nunca había trabajado en una gran ciudad. El azar quiso que este trabajo saliera a mi encuentro, y aquí estaba.

Vista del mercado.

Nada más traspasar las puertas del antiguo mercado municipal, la paz matutina se disipó. Dentro todo era bullicio, caos perfectamente controlado y actividad frenética. Estaba abarrotado de personas, cosas y animales y una explosión de olores, colores y sonidos que mareaba.

Mercado en plena actividad.

 

Miré en derredor, grabando en mi retina el ambiente, el lugar, el momento…Paseé por el mercado, intentando adivinar quiénes serían mis compañeros; quién sería el señor Ibrahima, el encargado; cuál sería mi puesto o cuál me gustaría que fuera.

Carnicería india.

Carnicero concentrado en su trabajo.

No conocía nada y ni a nadie, y no había querido preguntar para no crearme expectativas ni prejuicios.Sólo sabía que a una hora determinada, tenía que estar en las oficinas y preguntar por el encargado, el señor Ibrahima.

Señoras hablando en el mercado.

Me gustó  observar la camaredería que se respiraba entre los dependientes, la simpatía mututa para  con los clientes, el movimiento continuo, la alegría de trabajar y vivir…y supe que allí sería feliz.

Cuando visito un sitio me gusta respirar el lugar, ver que se siente y qué energía destila. Mi primera impresión fue más que positiva. La gente era peculiar y había personas de toda clase, religión y condición, que compartían el espacio pacíficamente.

Vista general del mercado.

Un grupo de señoras hablaban amigablemente y reían cerca de la pescadería; vi a un espigado señor mayor,  cargado con un paquete enorme a su espalda, me dio por pensar que desplegaba una energía desmesurada para su edad; observé a  los carniceros cortaban la carne…Y de repente en el fondo de una tienda, mis ojos se cruzaron con unos ojos despiertos, curiosos e inquisitivos. Era una mirada magnética, tierna, dulce y como si fuera familiar. Le saludé con la mirada y bajé los ojos. Al levantarlos ya no estaba.

DOS

La vi. Era una chica sencilla y luminosa. Era alta y delgada con un corte de pelo informal y desenfadado. Llevaba un vestido de colores y sandalias doradas. Tenía unos ojos expresivos, preciosos y llenos de vida. Su mirada y su sonrisa cautivaban. A medida que andaba, sonreía y la gente la miraba por la dulzura y energía positiva que emanaba.

Normalmente, voy a mi aire, y las chicas no son prioridad en mi vida. Tengo objetivos, mucho más importantes, que perder el tiempo dando vueltas en torno a ellas, como un mosquito alrededor de una bombilla. Por eso, fui el primer sorprendido…

Su manera de mirar me era conocida y no sabía de qué…. Sin poder evitarlo, nuestros ojos se cruzaron tímidamente, en silencio. No fue una mirada de flirteo, sino una mirada  tierna, dulce e intensa… como si me apreciara de corazón, como de un cariño fraternal, lo cual era del todo imposible porque no nos conocíamos… Yo notaba que a ella le pasaba igual…Sentí que teníamos una conexión muy especial, sin necesidad de palabras…

La miré fijamente y bajó tímidamente la mirada. No quise molestarla, ni llamar la atención de mis compañeros. Y volví a mi puesto en el almacén, pero ya no pude dejar de pensar en ella.

TRES

El señor Ibrahima y su familia.

Llevo casi dos meses en el mercado y estoy muy contenta. El señor Ibrahima es encantador y cariñoso, aún siendo severo; exigente y muy trabajador; justo, paciente y educado. Nuestra frutería está en el ala norte del mercado. Es un local pequeño y el espacio está tan bien aprovechado, que tenemos de todo.

Pronto me sentí como en casa. Fui tejiendo una serie de relaciones muy cercanas y cariñosas, con la señora Laia de la floristería y con su hija Anne; con el señor Vincezo, a quien vi el primer día cargadísimo, y que despertaba en mi una ternura paterno filial; con los clientes más habituales y con el Señor Ibrahima y su familía.

Disfruto yendo a trabajar y los días vuelan. Tengo unas cuantas amigas para pasear o merendar. Y además, un grupo de chicos divertidos y encantadores vienen a saludarme o me traen pequeños detalles. También, me invitan a salir por la tarde, aunque yo marco límites para que no haya malos entendidos y no quedamos fuera del trabajo.

Los chicos del mercado que me vienen a saludar.

Luego está él: Gibrán. Es un chico atlético, tierno y sensible. Es observador, callado, culto y educado. Su magnética mirada de águila, se me quedó grabada, desde el primer momento. Y me dejó anonadada cuando el tercer día, me dijo que le encantaban mis ojos, y que ya los había visto antes; que me conocía; y que aunque pareciera imposible, pensaba que no era de esta vida…

Gibrán, sus ojos y miradas me cautivan…

Normalmente, compartimos la última media hora de la mañana, y aunque no hablamos de nada especial, siempre me hace sentir tan querida, respetada, cuidada y protegida que es como tener un pequeño hogar, donde te reciben con amor, en una ciudad extraña.

Cuando hay gente, apenas me habla. Está  pendiente de mí, pero distante. En cambio, cuando estamos solos, no para de hablar y yo le escucho. A ambos nos sorprende lo fácil que es hablar entre nosotros y poder abrirnos sin miedo. Además saber que ambos hemos tenido vivencias parecidas une.

Una mañana, al acabar la jornada, me acarició la mejilla y  me puse de todos los colores. No me lo esperaba y reí nerviosa. Nunca le había visto tan cercano. Al despedirnos, nos  dimos dos besos y volví a sonrojarme como una adolescente.

Otro día, al despedirnos, se me salió la sandalia. Él se agachó para ponérmela. Tomó, suavemente, mi pie, y bromeando dijo que era el príncipe y yo, Cenicienta, y que venía a ver si me servía el zapatito…Nos reímos, y casi pierdo el equilibrio mientras me la calzaba.

 

No me acordaba de la última vez, en que la cercanía de un chico me conmoviera tanto, no a nivel sexual ni de flirteo. Es algo diferente. Siento que saca la Aisha más tierna, sensible y tímida. Es una sensación muy bonita y me hace sentir como si fuera una niña inocente. Además, a él le veo cómodo, y cada vez más seguro de sí mismo, a pesar de su timidez. 

Hace unos días, Moma me brindó un regalo, sin él saberlo. El mercado estaba casi vacío, y unos hombres entraron despistados. Moma vino a avisarnos por si habíamos quedado con ellos. Gibrán y yo fuimos a hablar con ellos y les dijimos que volvieran mañana a primera hora. Se fueron tranquilos. Moma también se fue.

 Gibrán y yo, nos quedamos parados, frente a frente, de pie y muy cerquita. Tras unos segundos de silencio, en los cuales oía el latido de mi corazón, le dije que me iba. Sin pararnos a pensar, como si fuera lo más normal del mundo, me puso suavemente la mano en la cintura y nos dimos dos besos…en la mejilla…. ¡me fui tan feliz!

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Relato escrito por Angela Aidini.

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